Jul 212015
 

Tres especialistas distintos valoraron su estado como irreversible

1419961726_extras_mosaico_noticia_1_g_0[1]La fatalidad y un cúmulo de circunstancias en una oscura y lluviosa tarde de octubre nos han privado de uno de los futuros campeones de F1, cuyo funeral se celebará mañana martes en Niza tras complicarse fatalmente su estado, muy deteriorado desde hacía nueve meses.

Bianchi logró respirar por sí solo y movía alguna extremidad, pero los médicos no sabían si era o no voluntario. Los padres consultaron a tres de los mejores especialistas mundiales, que visitaron a Jules. Los tres dieron el mismo diagnóstico. Medio cerebro había quedado irrecuperable tras el horrible golpe contra una grúa en el circuito de Suzuka el 5 de octubre. Su estado era irreversible.

Sin duda era el mejor tutelado de la nueva F1. Contaba con todo lo necesario para triunfar, su manager era el hijo del Presidente de la FIA, Nicolas Todt, formaba parte del entorno Ferrari desde 2009, cuando entró a formar parte de lo que después sería la Ferrari Academy, y se estaba formando en equipos menores, como cuando un equipo de primera cede a su mejor promesa a otro equipo para que se vaya curtiendo.

"Era uno de nosotros. Pertenecía a la familia Ferrari", reconoció ayer el expresidente Luca Di Montezemolo. "Lo habíamos escogido para el futuro, para después de Räikkönen".

Era el planteamiento perfecto basado en un piloto de gran calidad, todo un campeón del futuro, con todo lo que se pide a un piloto en la actualidad, rápido y agresivo en pista, bueno en calificación, constante en carrera, disciplinado, se adaptaba a las circunstancias con facilidad y rapidez, sacando el máximo partido de lo que tenía a su disposición.

Su agresividad le jugó alguna mala pasada, como su accidente en Hungría en la GP2 en 2010, en el que se rompió una vértebra, pero era un piloto poco dado a los accidentes. Jules era la primera piedra de la futura escudería Ferrari, porque además de su calidad como piloto tenía una calidad humana fuera de lo común. Era muy apreciado por los patrocinadores, el típico piloto amable, sonriente, que no tenía nunca un mal gesto, siempre dispuesto a todo y especialmente atento con los niños.

Era la esperanza francesa del automovilismo, la Federación gala le apoyó desde sus comienzos, era el sustituto del mítico François Cevert, fallecido en 1973 en el circuito americano de Watkins Glen durante el G.P. de los EEUU, piloto culto, atractivo, con unas excelentes cualidades para el automovilismo, que también estaba destinado a ser campeón del mundo con el apoyo de Jackie Stewart, con quien hacía equipo en la escudería Tyrrell en 1973 y cuya muerte provocó la retirada del piloto escocés después de ser campeón del mundo ese mismo año.

El accidente de Jules, al que la FIA culpó mayormente del accidente — tras un informe de 400 páginas concluyó que no deceleró lo suficiente con banderas amarillas en pista—, sirvió para endurecer las normas y cambiar los procedimientos cuando sucede un incidente en la Fórmula 1, pero sobre todo ha servido incluso más en las fórmulas menores, dónde se ha tomado consciencia del peligro que entrañan vehículos ajenos a la carrera en la pista, como la grúa contra la que chocó Jules.

Ahora en caso de accidente se detiene la actividad en pista si es entrenamiento y si es carrera sale automáticamente el coche de seguridad antes de poner en pista cualquier medio de remolque. Como siempre las normas van detrás de los acontecimientos, especialmente cuando tienen consecuencias graves como este pero la herencia que deja Jules va a servir de mucho a futuras generaciones.

Vía Marca.com

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