May 012019
 

Cuando la Fórmula 1 perdió el 1

1966945_10152308684302936_2345261271911294275_n[1]En 1994 muchos de nosotros éramos niños. Si los aficionados más veteranos se estremecieron ante aquel fin de semana negro en que perdimos a Roland Ratzenberger y Ayrton Senna, los más jóvenes recibimos una cruda bofetada de realidad. Hoy, dos décadas después, muchas de nuestras preguntas siguen sin respuestas.

UNA MANCHA AZUL EN TAMBURELLO

Después de la tormenta de confusiones, del público, de las ambulancias, de la policía, de los medios… Sólo quedó una mancha azul sobre un vetusto muro de hormigón. Sólo eso: una mancha azul llena de rasponazos justo donde el bólido impactó aquel maldito domingo, Día Internacional del Trabajador. Un reflejo fantasmagórico de un accidente mortal. Un símbolo, convertido en un lugar de peregrinación en el circuito Dino y Enzo Ferrari. Desde que el 1 de mayo de 1994 a las 14.18 horas el Williams-Renault FW16 de Ayrton Senna se estrellara en la fatídica curva de Tamburello, para muchos aficionados ese lugar se convirtió en un lugar al que peregrinar. Fotografías, dedicatorias, recuerdos, flores dejadas para no olvidar jamás al mágico piloto y su manera de entender la Fórmula 1 cubrieron la escapatoria improvisadamente.

Cientos de formas de recordar al que, para muchos, fue el mejor piloto de todos los tiempos. Porque a la hora de venerar a Ayrton Senna no valía la cantidad de títulos mundiales ni los récords; bastaba la pasión que desataba en aficionados de todo el mundo. Una pasión alimentada, desde luego, por un don sobrenatural para pilotar. Hoy se cumplen veinte años de aquel accidente que conmocionó al automovilismo, que tambaleó la Fórmula 1 y que, de una u otra manera, también nos cambió a todos.

SIMPLY THE BEST

En noviembre de 1993, la cantante Tina Turner toca para miles de personas en Adelaida, Australia. En mitad del concierto para e invita a Ayrton Senna a subir al escenario. Ambos se abrazan. Tina se acerca el micrófono y se confiesa admiradora del deportista. El brasileño saluda tímido, coge el micrófono y dice: “Nos vemos el año que viene“. Sabe que en 1994 tendrá al fin el Williams-Renault entre sus manos, la joya de la corona que lleva años ansiando. Es feliz. Tiene ilusión. Está contento. Ya entre el público, Ayrton ve complacido cómo la cantante americana le dedica uno de sus temas más conocidos: “The Best“, una versión de Bonnie Tyler que ha hecho suya y que el mundo corea a pleno pulmón: “You’re simply the best“.

Una inyección de moral, un baño de multitudes que animan aún más a un Ayrton que ha pasado por una de las épocas más duras como piloto, tras sus luchas con Alain Prost, la FIA, Balestre… Sólo unos días más tarde declarará: “Quizá siga pilotando hasta el año 2000. Quiero llegar a los cinco títulos, como Fangio“. Nosotros soñamos con él. Nos subimos metafóricamente a su coche azul, que estrena en Estoril, Portugal, donde lo presenta a la prensa como un niño con su juguete nuevo. Es una nueva etapa en la Fórmula 1. Una era sin Alain Prost y con un Senna ilusionado. Pero nada salió como estaba acordado.

Damon Hill y Ayrton Senna posan para la prensa junto al Williams FW16 por primera vez

APRENDIENDO A SOÑAR DESPIERTOS

Para alguien que lleva analizando carreras, interpretando entrevistas, redactando noticias, confeccionando reportajes desde hace quince años para este medio, permanecer sólo como periodista en una fecha tan señalada como el vigésimo aniversario de la muerte del que fuera su ídolo en la infancia es imposible. Uno decide colgar su vestido de informador, de contador de historias, de narrador omnipresente para vestirse otra vez de niño y sentir la pasión, la ilusión, la emoción y la inocencia que uno albergaba en tan tierna época de su vida. Una época en la que las polémicas se vivían de otra manera, con esa diversión desprovista de maldad o hiriente venganza. La pasión pura sin rencor, con deportividad, con admiración hacia cada piloto, cada mecánico, cada ingeniero, cada comisario de pista, pues todos ellos, rivales incluidos, hacían posible que esa maravillosa locura existiera. Eso alimentaba nuestras ganas de regresar del colegio para zambullirnos en las revistas donde aparecían las grandes fotografías de los bólidos echando chispas sobre el asfalto y fuego por los tubos de escape.

BIENVENIDOS AL ESPECTÁCULO DE LA F1

Cuando Telecinco compró los derechos de la F1 para 1994, un mundo nuevo se abrió ante nuestros tiernos ojos: después de años de simples conexiones entre partidos de tenis, vueltas ciclistas regionales y demás, disfrutamos de retransmisiones íntegras de todas las carreras, las clasificatorias e incluso los entrenamientos libres. Los informativos de la cadena privada ofrecían espacios especiales y un seguimiento inédito hasta entonces. En una época sin la comunicación cibernética actual, fue como si las puertas del cielo se abrieran para nosotros. El inolvidable rótulo de Rothmans en el Williams-Renault, el impoluto blanco del Tyrrell-Yamaha, la sonrisa roja en el morro del azul cielo del Benetton-Ford… Todo parecía más cercano, luciendo en todo su esplendor. Al fin podíamos disfrutar de nuestros héroes, de sus máquinas, del gran circo a todo volumen. “Bienvenidos al espectáculo de la Fórmula 1“, nos decía Ángel Marco en cada retransmisión, invitándonos a dejarnos enamorar por un deporte diferente, único, apasionado. Gustosamente nos rendimos a la magia de la velocidad.

SENNA NO PUEDE MORIR

Quizá por eso ver morir en directo a Ayrton Senna no estaba en los planes. Era, simplemente, imposible. Sí, sabíamos que la muerte existía, pero para un niño que jamás la había vivido ni de cerca ni de lejos… era cosa del pasado. “Eso ya no pasa“, creía nuestro inmaduro cerebro. Ratzenberger fue la primera bofetada. 

Roland Ratzenberger a bordo del Simtek S941 en el GP de San Marino de 1994

Descolocados, incrédulos, nuestra pequeña mente se convulsionaba tratando de entenderlo. Cuando todavía no nos habíamos repuesto, Senna, nuestro Ayrton Senna, tomaba la última curva de su vida. A esa tierna edad uno todavía cree estúpidamente que los más grandes no pueden morir. No es nada justo ni noble para con otros deportistas, como Ratzenberger. Roland era un ser humano y, como tal, su muerte fue igual de nefasta que la de Ayrton. Pero la mente de un niño todavía no entiende de pensamientos políticamente correctos. Se deja llevar por los sentimientos desmedidos. Simplemente Senna, nuestro ídolo, no podía morir. Se recuperaría. ¡Era Senna!

UN POCO MENOS NIÑOS

Sin redes sociales, telefonía móvil ni Internet, y con una televisión que hacía caso omiso al automovilismo, había que buscar las noticias por medios alternativos. Cuando aquella misma tarde la radio escupió que el corazón de Senna había dejado de latir, estoy seguro, el mío se saltó un latido. El mundo, la realidad, de repente y con todo su peso, aplastó a este pequeño e insignificante ser hasta dejarlo tirado en el suelo. Ya nada tenía sentido. No tenían sentido los neumáticos, los repostajes, el negro asfalto, los alerones, el ruido de los motores… Atender las explicaciones del profesor, el día siguiente en clase, era complicado. Las imágenes del bólido saliéndose recto y estrellándose contra ese maldito muro de hormigón asaltaban a cada instante entre fracciones, raíces cuadradas y probabilidades. Demasiadas preguntas existenciales se acumularon en nosotros, los aficionados más precoces. Hoy las arrugas, las canas y nuestra experiencia nos permiten ocultar nuestros sentimientos bajo máscaras fuertes. Pero de niños era imposible contener las lágrimas. ¿Cómo podían entenderlo nuestros familiares o amigos? Ni siquiera habíamos vivido un trauma en persona. ¿No era una exageración? Para nosotros daba igual. Ayrton era un ejemplo, un guía, una luz que se apagaba y nos dejaba un poco más perdidos, un poco más ciegos, un poco más confusos. Un poco menos niños.

SENNA SIGUE MARCANDO VUELTAS RAPIDAS

Pero los sentimientos que un niño acrecienta en su cabeza mutan a una velocidad pasmosa, y el tiempo cura las heridas emocionales más rápidamente. Así, sin más, un día de repente todo volvió a tener sentido: volvió el color, el ruido convertido en música, el baile de los adelantamientos, la ilusión por una nueva salida. El dolor, la rabia, la desazón… se habían asimilado y nos habían hecho madurar. La Fórmula 1 volvía a tener sentido. Hablábamos del inolvidable duelo entre Schumacher y Hill, de Spa-Francorchamps, de Johnny Herbert, Pedro Lamy, Pierluigi Martini…

Sin darnos cuenta, supimos que para nosotros Senna jamás se había ido, pues cada vez que poníamos un vídeo suyo seguía volando en Mónaco, soñando con dios en Spa, llorando en el podio de Suzuka o atravesando Tamburello a toda velocidad, rompiendo el continuo espacio-tiempo, como si jamás se hubiera estrellado, como si todo hubiera sido un mal sueño. Hoy, veinte años después, Senna, nuestro Senna, sigue marcando la vuelta rápida de nuestros recuerdos.

Vía Cdthef1.com

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